Una vez que incorporamos una idea a nuestro sistema de creencias intentamos defenderla y preservarla como si de una propiedad se tratara. Para ello recurrimos a distintos mecanismos psicológicos como, por ejemplo, el sesgo de confirmación al que ya me he referido en alguna ocasión (por ejemplo, en el post sobre «La falacia de emprender» o en «Pornoemprendimiento, nunca es como en la tele«). Este sesgo hace que filtremos la información que recibimos para que sea compatible con nuestras ideas al mismo tiempo que ignoramos todo aquello que pueda entrar en conflicto o que contradiga lo que creemos. Este comportamiento se resume en que «vemos lo que queremos ver y escuchamos lo que queremos escuchar» o bien con la expresión popular «no hay peor ceguera que la de aquel que no quiere ver” y es el sustento  ideal para que florezcan los mitos de todo tipo.

Da igual que existan evidencias en contra

Para los psicólogos, la realidad no deja de ser un constructo mental, y por tanto, distinguimos entre realidad física y realidad psicológica. Las cosas no son como son sino como se perciben, por lo que siempre podremos buscar acomodo psicológico a nuestros planteamientos.

Para entender mejor este comportamiento pensemos en un colectivo bastante peculiar, los defensores de teorías conspiranoicas como «el hombre nunca ha llegado a pisar la luna». Cuando se les presentan evidencias que demuestran lo contrario, la mayor parte de los conspiranoicos interpretan estas pruebas como intentos de enmascarar la verdad. Por tanto, lejos de que se les caiga la venda de los ojos, acaban concluyendo que estas evidencias en contra son precisamente parte de la conspiración y refuerzan su teoría porque «es evidente que el gobierno, la CIA, la NASA, el Papa y el alto consejo klingon intentan que no se sepa la verdad”. En definitiva, para estos individuos, el principio de la navaja de Ockham (en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta) entra en la categoría de chiste de cabecera.

El papel de Internet

Internet es una fuente inagotable de datos y de opiniones de todo tipo. Por este motivo, dado el nivel de ruido que podemos encontrar, la Red se ha convertido a un mismo tiempo en una fuente de información y de desinformación. Podemos encontrar argumentos que sirvan para defender casi cualquier chifladura ya que siempre existirá algún reducto digital que sea congruente con nuestras ideas. Lo peligroso del tema es que una vez que se recibe desinformación, es muy difícil eliminar su influencia (Johnson, Hollyn M.; Seifert, Colleen M. Journal of Experimental Psychology: Learning, Memory, and Cognition, Vol 20(6), Nov 1994, 1420-1436).

La tendencia a defender nuestras ideas y nuestro sistema de creencias se da en mayor o menor intensidad en todas las personas y podemos observarlo en cuestiones tan simples como el perfil de nuestro círculo de amigos. En su gran mayoría tendemos a relacionarnos con personas que tengan un alto grado de semejanza con nosotros mismos en lo que se refiere a forma de pensar (política, religión, etc.), hobbies, posición social. Este fenómeno se conoce como homofilia (no confundir con homofobia) y explicaría el refrán “dime con quien andas y te diré quien eres”. Su impacto en el ámbito digital es muy notable. Por ejemplo, redes sociales como Facebook emplean un algoritmo que filtra la información que vemos en nuestro muro en base a nuestras preferencias y círculo de amigos. La consecuencia es obvia: terminamos viviendo en una burbuja ideológica.

Por tanto, en teoría suena muy bien eso de la diversidad que encontramos en la Red pero en la práctica nuestro marco de actuación sigue siendo bastante estrecho.

Aportar más información no soluciona el problema

Así las cosas, si tuviésemos que refutar pensamientos carentes de fundamento y transmitir alguna idea a nuestra audiencia, lo lógico sería pensar que cuanta más información aportemos mejor pero parece que esta estrategia no es la más eficaz. Cito textualmente un fragmento de la “Guía para refutar mitos”, de John Cook y Stephan Lewandowsky:

Refutar desinformación involucra tratar con procesos cognitivos complejos. Para transmitir conocimiento exitosamente, hace falta entender cómo las personas procesan información, como modifican su conocimiento previo y cómo sus cosmovisiones afectan su habilidad para pensar racionalmente. No sólo importa qué piensan las personas, sino también cómo lo hacen.

Por tanto, a la hora de refutar mitos, parece que menos es más. De hecho, cuando una información es fácil de leer, fácil de entender y concisa tiene más probabilidades de ser aceptada como cierta. Dado que nos gusta tomar atajos cognitivos y no consumir más energía mental de la necesaria, mejor seguir el principio KISS: Keep It Simple, Stupid! (Hazlo simple).

Dos consejos

Ya hemos visto que hacer cambiar de opinión a alguien no es tarea fácil y en determinados temas resulta casi imposible. Ten en cuenta que algunos planteamientos ideológicos forman parte de nuestra propia identidad social. En cualquier caso, cuando hablamos de rebatir el pensamiento mágico, es decir, aquel que genera opiniones o ideas carentes de fundamentación lógica robusta o estricta, que son la base de los mitos, podríamos actuar de dos maneras. Una alternativa podría consistir en explicar por qué el desinformador promueve el mito (despertar sospechas acerca de la fuente de la desinformación ha demostrado reducir su influencia). Pero además otro elemento clave para una refutación efectiva es el uso de advertencias explícitas (“cuidado, pueden engañarte”) antes de mencionar el mito. De hecho, este último consejo tiene relación con la técnica de la inoculación de actitudes de la que ya hablé tanto en el post “El virus de la persuasión” como en el podcast “Vacuna contra la persuasión”.

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