No hay especie más miedosa que la nuestra. Es el peaje evolutivo que debemos pagar por nuestra capacidad de anticipar el futuro. Así las cosas, parece que la crisis del COVID19 es una prueba de fuego para conocer hasta qué punto somos capaces de convivir y de gestionar el miedo por una amenaza invisible cuya sombra oscurece cada interacción social.

De entrada conviene saber que el miedo es una emoción subjetiva que depende de la evaluación que hacemos del objeto o situación amenazante. Y cada persona tiende a percibir el mundo de un modo particular en función no solo de variables individuales sino también de factores grupales y culturales.

Cómo nos afecta el miedo

El miedo es una de las emociones más importantes en el ser humano y tiene un claro impacto a nivel individual y social. Se trata de una emoción negativa cuyo correlato comportamental es la evitación. La explicación es que el miedo nos lleva a actuar de una determinada manera para librarnos de la amenaza (riesgo percibido) y de la ansiedad que produce el hecho desencadenante. En este sentido, somos esclavos de nuestros propios miedos.

En el otro extremo del espectro afectivo encontramos el entusiasmo, una emoción positiva que nos invita a la aproximación, es decir, a la búsqueda activa de objetivos que nos aporten experiencias satisfactorias (viajar, por ejemplo). Pero para que eso ocurra tiene que darse otro ingrediente esencial, la esperanza. Esto significa que debemos superar la emoción negativa que conlleva el miedo y la consecuente evitación. Más abajo entenderás cómo se producirá ese cambio.

La desescalada emocional

Comenzaba diciendo que en estos momentos muchas personas experimentan el miedo en una intensidad poco frecuente (miedo a la muerte, a contagiarse, a perder a algún ser querido, a perder el trabajo, etc.). Por si no fuera poco, el futuro se presenta especialmente incierto debido los previsibles cambios que se producirán en la economía, en la política y en otros tantos ámbitos. Y ya sabemos que nuestro cerebro no gestiona bien la incertidubre.

Por otro lado, la psicología de masas ha demostrado ampliamente cómo las dinámicas grupales nos hacen especialmente influenciables  y se producen contagios emocionales con una gran rapidez. En relación con estos factores, conviene considerar que en estos momentos estamos expuestos a una abrumadora cantidad de informaciones negativas que impactan directamente en nuestro estado emocional. Además, el cambio abrupto en nuestros hábitos diarios nos recuerdan permanentemente que existe un peligro real ahí fuera (y el miedo es la anticipación de un peligro).

Lo positivo y esperanzador es que lo que funciona en un sentido, en este caso particular, también funciona en la dirección contraria. Después de que haya pasado este tsunami de negatividad, vamos a empezar a pivotar hacia noticias positivas (menos contagios, más personas recuperadas, menos fallecimientos, el descubrimiento de la deseada vacuna, etc.). Se irá aflojando la intensidad mediática en torno al coronavirus, recuperaremos otros temas de conversación y todo ello nos hará recobrar la esperanza y el entusiasmo al que me refería antes. En definitiva, volveremos a recuperar la “normalidad” emocional y por ende iremos retomando nuestros comportamientos colectivos.

Miedo a lo invisible y gestión del cambio

Somos seres sociales y ese rasgo forma parte de nuestra naturaleza. Simplemente no podemos renunciar a ello. A pesar del miedo al contagio, volveremos a ser los mismos de antes (si es que alguna vez dejamos de serlo) pero se producirán pequeños cambios. No obstante, al hablar de cambios hay que tener presente una idea clave: las personas cambian si quieren y cuándo quieren.

Comenzaba el post diciendo que esta pandemia tiene un factor determinante y es que nos enfrentamos al miedo a un enemigo invisible. Esto hace más difícil que se instaure un cambio permanente en nuestros hábitos diarios una vez que se haya relajado la tensión informativa. De hecho, en plena fase de confinamiento todo nos recuerda que el virus existe, que es una amenaza real y que debemos adoptar ciertos hábitos para protegernos pero ¿qué sucederá cuándo esto pase y recobremos la normalidad informativa?

Uno de los problemas para que la gente cambie es la falta de retroalimentación. Por ejemplo, no saber si realmente tenemos las manos limpias o sucias dificulta que las personas tomemos conciencia del problema. Es la misma paradoja que nos encontramos al fumar, al darnos un atracón de comidas grasas, etc. No ver las consecuencias sobre nuestra salud de manera directa, inmediata y observable hace más difícil que cambiemos nuestra conducta.

Cómo se producirá el cambio: seremos los mismos pero de distinta manera

En este caso, la buena noticia es que la prolongación en el tiempo de ciertas medidas para frenar el COVID19 ayudará a consolidar ciertos cambios individuales. Piensa que estas medidas nos hacen recuperar la sensación de control. Dicho de otra manera, si sabemos qué debemos hacer para evitar contagios tendremos la mejor estrategia para combatir el miedo y ganar en confianza y seguridad. Pero tengamos en cuenta que lo interesante no son unicamente los cambios que hacemos en el aquí y ahora para frenar el COVID19, sino el mantenimiento de los mismos cuando esta crisis sanitaria haya pasado.

Si una parte de la población incorpora de manera habitual el uso de mascarillas como parte del protocolo social (cuando sospechen que puedan contagiar a otros), aprendemos a lavarnos las manos adecuadamente, nos concienciamos de la importancia de la vacunación, etc. esto ayudará a que en el resto de la población se vayan instaurando estas y otras buenas prácticas de profilaxis. Nuestra naturaleza social también conlleva que aprendemos a partir de la observación de otros.

Ideas finales para la gestión del miedo

Esta crisis sanitaria nos ha enseñado muchas cosas como, por ejemplo, que todos tenemos una responsabilidad individual a la hora de adoptar unas medidas básicas de higiene para preservar nuestra salud y la de los demás (vacunación, lavado frecuente de manos, uso de mascarillas, aislamiento social en caso de padecer enfermedades contagiosas, etc.). 

De igual forma, y dada la importancia que tiene en nuestras vidas el ámbito digital, esta crisis también pone de relieve que no debemos ignorar otras medidas de básicas de protección individual frente a la ciberdelincuencia, los bulos y la desinformación.

Por otro lado está la responsabilidad política, institucional y organizativa. Dotar de más y mejores medios a los profesionales sanitarios, apoyar la investigación científica, desarrollar tecnologías basadas en inteligencia artificial y big data para  ganar en capacidad de anticipación y control de pandemias, reforzar la transformación digital de empresas y profesionales para flexibilizar sus modelos de trabajo, facilitar el acceso a Internet a los más desfavorecidos para evitar la brecha social (hay niños y jóvenes que no pueden acceder a la formación online), etc.

Debemos asumir que a pesar de que el futuro sea incierto, a buen seguro vendrán nuevas pandemias y tendremos que aprender a convivir con ese miedo. Forma parte del ciclo de la vida y de la naturaleza en su conjunto. No obstante, esta crisis sanitaria nos hará estar más preparados como sociedad y como individuos. Con esa confianza debemos avanzar hacia ese futuro esperanzador en el que todos asumamos nuestra parte de responsabilidad individual y colectiva. Eso será, sin duda, una buena forma de gestionar nuestro miedo.

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