Los conocimientos técnicos ya no son suficientes para encontrar tu hueco en el mercado laboral.

De manera cada vez más generalizada, las empresas evalúan a los candidatos por sus habilidades sociales y relacionales además de por la trayectoria académica.

Las denominadas soft skills o habilidades blandas son aquellas que nos permiten tener un mejor desempeño social y laboral ya que tienen que ver, entre otras cosas, con el trabajo en equipo, la capacidad para tomar decisiones, la gestión de la incertidumbre o el pensamiento creativo del que ya he hablado ampliamente en este blog.

No resulta extraño que en un entorno altamente competitivo se consideren las habilidades interpersonales como un elemento diferenciador. Pues bien, hace unos días se ponía en contacto conmigo Victoria Gallardo, periodista del periódico El Mundo, para hacerme varias preguntas acerca de la importancia de las soft skills en el contexto académico y laboral actual. Más abajo encontrarás el artículo publicado en el Suplemento de Universidad y Empresa bajo el título «Aptitudes que marcan la diferencia». A continuación te dejo la entrevista completa con algunas reflexiones al respecto.

A la hora de liderar equipos, si se ponen en una balanza las ‘hard skills’ y las ‘soft skills’, ¿cuáles tienen mayor peso?
Me temo que ambas habilidades son distintas caras de una misma moneda, es decir, no podríamos concebir la una sin la otra. Dicho de otra manera, el grado de liderazgo que podemos ejercer sobre un equipo es el resultado de la suma de muchos aspectos. Algunos de ellos tienen mayor vinculación con la vertiente técnica o procedimental del trabajo que desempeñamos mientras que otros son de tipo relacional o interpersonal.

El liderazgo depende de la autoridad que nos ceden las personas con las que trabajamos a partir de la valía con la que nos perciben. Y esa percepción depende de nuestra experiencia y conocimientos pero también de cómo nos relacionamos con los demás.

Fuera de los márgenes de la Psicología y la Educación, el interés por las ‘soft skills’ en el ámbito universitario, entendido como la creación de másteres específicos o la implantación de nuevas asignaturas, es relativamente reciente. ¿A qué atribuyes el interés que hoy suscitan?

En mi modesta opinión, el motivo de este interés se debe a que el ámbito laboral que tenemos en la actualidad se caracteriza por proyectos profesionales que tienden a ser cada vez más complejos y por equipos multiculturales (fruto de la globalización y deslocalización del trabajo). A esto le debemos añadir una constante incertidumbre debido a que los ciclos de cambio e innovación en la economía y los negocios son cada vez más cortos (basta con analizar los vaivenes de las últimas décadas).

Estos condicionantes se han trasladado a las dinámicas del mercado de trabajo generando una demanda de nuevos perfiles profesionales y también poniendo de relieve la importancia otras competencias no técnicas en el entorno laboral.

En este sentido, creo que conviene aclarar que cuando hablamos de competencias no técnicas nos referimos aspectos tan diversos como las habilidades comunicativas, el pensamiento creativo, la capacidad para resolver problemas complejos, las habilidades de negociación y resolución de conflictos, la gestión de la propia incertidumbre, etc.

¿Consideras que, en líneas generales, las distintas habilidades sociales que engloban las ‘soft skills’ ocupan el espacio que le corresponde en nuestra universidad?

Desde mi punto de vista, la universidad sigue siendo poco ágil a la hora de conectar la formación que se ofrece en las aulas con lo que demanda la sociedad. Dicho de otra manera, los conocimientos evolucionan muy rápidamente pero las estructuras educativas no.

Mi sensación es que las habilidades blandas (o soft skills) son ignoradas o relegadas a un segundo plano a pesar de que se reflejen formalmente en los programas docentes. El problema se debe, probablemente, al hecho de que trabajar estas competencias requiere de un cambio metodológico y que se abandone el modelo de clases magistrales. Supone abrir el foco de los contenidos para dar cabida a otro tipo de conocimientos no ligados únicamente a lo académico.

En cualquier caso, todos los docentes tenemos la responsabilidad de ayudar a que los alumnos desarrollen al máximo sus capacidades y que puedan crecer como individuos. Aspiramos a formar a personas que puedan ejercer una influencia positiva en la sociedad. Para alcanzar ese objetivo, las habilidades blandas no pueden quedar relegadas a un segundo plano ya que son competencias profesionales clave.

¿Cómo intentas inculcar a tus alumnos la importancia de estas habilidades?

Mi estrategia a la hora de transmitir la importancia de estas habilidades pasa por plantear a los alumnos retos que yo mismo me he ido encontrando en mi vida profesional. Ofrecerles experiencias de aprendizaje que sean estimulantes, reales y cercanas facilita que los alumnos abandonen la pasividad con la que se enfrentan a ciertas asignaturas.

Cuando planteas un escenario de trabajo real y creíble, les estás ofreciendo la posibilidad de que reflexionen y descubran a partir de la experiencia cercana (y que empiecen a percibirse como auténticos profesionales).

Es esencial que sientan en primera persona lo difícil que puede resultar defender sus ideas frente a los demás, la complejidad de saber negociar y llegar a soluciones compartidas, o simplemente aprender a convivir con la diversidad de esquemas de pensamiento. Estas experiencias dejan una huella profunda y duradera, que además provoca preguntas. Y las preguntas son el detonante del aprendizaje. Como decía Sócrates, «No puedo enseñar nada a nadie. Solo puedo hacerles pensar».

Hay quienes, erróneamente, reducen las ‘soft skills’ a imágenes preconcebidas en forma de manuales de autoayuda o frases motivacionales. ¿Cómo se puede combatir este tipo de percepciones?

Las soft skills son aspectos diferenciadores en las personas porque nos permiten tener un mejor o peor ajuste social y laboral. De ahí su importancia. No podemos caer en la ingenuidad de pensar que las personas podemos incorporarlas a nuestro repertorio de habilidades simplemente por haber leído un manual de autoayuda o por la repetición de frases motivacionales como si fuesen un mantra.

La gente no necesita ni charlas motivacionales basadas en la psicología de la excitación pasajera ni parches que maquillen su situación. La gente necesita sustancia y soluciones concretas a largo plazo que les permitan mejorar y consolidar estos logros y para eso es necesario el entrenamiento de estas habilidades.

Mucho me temo que los libros de autoayuda son como una lata de gaseosa. Cuando la has abierto, al poco tiempo ya han desaparecido todas sus burbujas.

Entrevista Javier Díaz El Mundo
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