Como en la película ¿Conoces a Joe Black?, en este post vamos a descubrir quién es realmente John Doe. Cuando utilizamos plataformas de e-learning o LMS, muchas veces nos topamos con el afamado John Doe, un singular personaje que ostenta el título de administrador del sistema. Cualquiera que no conozca el origen de John Doe podría pensar que se trata de un gurú del mundo de la programación, de un pluriempleado, o cualquier otra idea peregrina ya que aparece allí donde menos te lo esperas.
Nada más lejos de la realidad. Como Joe Black (Brad Pitt), el personaje que encarna la muerte en la película de Martin Brest (1998), John Doe es el personaje “sin identificar” que aparece por defecto en las plataformas. De hecho, en Estados Unidos es el nombre que se pone a los cadáveres sin identificar o a los pacientes de urgencia de los que no se tiene identidad, aunque también se emplea en ciertos contextos legales cuando la persona prefiere mantener su anonimato. Si utilizásemos terminología hispanoparlante, podríamos estar hablando de que el administrador de la plataforma podría llamarse “Fulano”, “Sultano”, “Menganito” u muchos otros nombres que usamos en el lenguaje coloquial. En fin, hay una extensa variedad de sustitutivos del nombre real. A mi, particularmente, no me causa buena impresión encontrar un nombre “Don Nadie” como administrador de una plataforma. Me trasmite cierta sensación de despersonalización. Soy consciente de que es un detalle nimio al que muchas veces no prestamos atención pero ¿qué pensarías si el tutor de nuestro curso se hiciese llamar “Periquito el de los Palotes”? Probablemente echaríamos a correr.
En resumidas cuentas, en e-learning, el front office no son únicamente los formadores sino también el personal técnico que atiende nuestras dudas o problemas con el funcionamiento de las plataformas. Creo que muchas veces invertimos grandes sumas de dinero en implementar o desarrollar plataformas tecnológicas y olvidamos pequeños detalles como los que acabo de citar. Posiblemente no serán el detonante de una gran crisis pero sí que restan puntos en nuestra búsqueda de la excelencia.
Concluyo con este proverbio japonés que recoge muy bien lo que acabo de comentar:
Por fallar el clavo, se perdió la herradura…
… por fallar la herradura se perdió el caballo…
… por perder el caballo no llegó el mensaje…
… por no llegar el mensaje se perdió la guerra.
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