La innovación languidece con el exceso de procedimientos y la falta de experiencia

¿Son útiles los procedimientos cuando hablamos de innovación? Los procedimientos, sean del tipo que sean, nos facilitan la vida y permiten asegurar unos mínimos de calidad evitando errores. Imagínate, por ejemplo, que un equipo médico que vaya a operar a un paciente no revise antes el instrumental (¿habéis visto el hilo de sutura? ups, no tenemos con qué coser la herida) o bien que un piloto de aviones no comprobase el buen funcionamiento de los sistemas del aparato.

Ahora bien, a pesar de la utilidad de usar ciertos procedimientos debemos tener claro que no solucionan todos los problemas. De hecho, algunas tareas son incompatibles o se ven perjudicadas cuando intentamos someterlas a procedimientos rígidos y encorsetados. Este es el caso, por ejemplo, de las situaciones en las que debemos explorar y tomar decisiones usando reglas heurísticas, es decir, elaborando hipótesis, evaluando opciones dentro de una amplia madeja de información y generando nuevas soluciones.

Cuándo usar procedimientos y cuándo no

Es normal que surjan dudas acerca de cuando hay que recurrir a procedimientos y cuando conviene aparcarlos para dejarnos llevar por nuestra intuición (más abajo aclaro el valor de la intuición). El lingüista Noam Chomsky lo explicaba de la siguiente forma. Nuestra ignorancia se puede dividir en dos categorías: problemas y misterios. Cuando abordamos un problema puede que no sepamos su solución, pero tenemos ciertas ideas de qué andamos buscando.

Por ejemplo, imagínate que tienes una empresa y quieres saber qué proyectos ha resultado más rentables. Lo más probable es que termines creando una hoja de costes para conocer el beneficio real de tu trabajo. Estarías recurriendo a un simple procedimiento. En cambio, cuando nos enfrentamos a un misterio la cosa se complica porque las respuestas no son lineales. No se trata de sumar 2 más 2. Imagina que este mismo empresario quisiera averiguar la evolución de su sector en los próximos 5 años. Resolver este misterio requiere no solo recabar mucha información sino hacer un trabajo de análisis y proyección de futuro en el que entra en juego, por ejemplo, el pensamiento creativo dado que tenemos que conectar una gran cantidad de información a menudo inconexa.

Por tanto, los procedimientos son apropiados sobre todo cuando nos enfrentamos a problemas, ya que nos pueden ayudar a encontrar una solución preconcebida o “enlatada”. En cambio resolver un misterio exige que trabajemos con un marco mental mucho más amplio, en el que tengan cabida planteamientos no estándar.

Demasiadas organizaciones tratan de animar a sus empleados a seguir procedimientos y respetar una serie de pasos para no cometer errores. El resultado es que se pierde la capacidad de innovar porque la gente evitará jugar con las ideas y por tanto no se generarán nuevas experiencias de las que puedan aprender. En relación con esta cuestión te recomiendo el post en el que justifico que la innovación consiste precisamente en gestionar (no evitar) los errores.

El valor de la experiencia para provocar la innovación

Para alcanzar la innovación en un producto, servicio o modelo de negocio hace falta resolver muchos misterios. Nos planteamos nuevas preguntas que requieren nuevas respuestas. Y para resolver estos misterios hace falta escuchar nuestra intuición. Conviene aclarar aquí que la intuición no es algo mágico, que sucede sin más. Eso que llamamos intuición no es más que una forma de inteligencia que se basa en ser capaces de tomar decisiones a partir de la experiencia acumulada. Pero ni que decir tiene que atesorar experiencia requiere tiempo y haber vivido diferentes cursos de acción para situaciones similares (que no idénticas).

Esto es lo que hace que en el mercado de trabajo se pague más a un perfil senior que a un junior. No se trata solo de desempeño, sino también y sobre todo de experiencia acumulada. Esa experiencia es la que permite actuar en el momento presente y también vislumbrar lo que viene a continuación. El valor añadido de los auténticos expertos (y no me refiero a los que se autodefinen como tal, que de esos tenemos excedente) es que son capaces de ver el mundo de manera diferente porque tienen y han sabido gestionar sus experiencias. Se dan cuenta de cosas que los no expertos no ven. Se centran en la información más importante y tienen un sentido casi automático de qué hacer con ella. Y encima procesan mayor cantidad de información porque son capaces de categorizarla en un abrir y cerrar de ojos.

Cómo llegar al nivel de experto

Si algo caracteriza al ser humano es la facilidad que tenemos para reconocer patrones. Pero para esto ocurra es necesario que previamente hayamos pasado por diferentes situaciones y hayamos experimentado por nosotros mismos el devenir de los acontecimientos. Esto hace que vayamos desarrollando una especie de olfato o intuición que nos indica en última instancia si vamos por buen camino o no. Si usamos como ejemplo el fútbol te darás cuenta de que hay delanteros que destacan sobre otros simplemente porque saben anticiparse a lo que harán los jugadores contrarios y se colocan en el sitio correcto donde les caerá el balón. No es solo cuestión de suerte, que también. Se trata de intuición y de anticipación de lo está por suceder. Esto forma parte del modelo mental que hemos ido configurando a lo largo de nuestra vida y que nos ayuda a explicarnos cómo funcionan las cosas, y por ende, nos permite tomar decisiones rápidas (casi inconscientes). Por tanto, es importante ayudar a la gente a ganar experiencia y al mismo tiempo a que reflexionen sobre ella. Lo uno sin lo otro sería como tener una bicicleta sin ruedas ¿no crees? Además, el talento (otra de las palabras de moda en la actualidad) tiene mucho que ver precisamente con esto mismo. La variedad de estímulos a los que hemos estado expuestos (experiencia acumulada) ejerce más influencia en el desarrollo del talento que la simple concurrencia de un rasgo genético diferenciador.

Para terminar este post en el que hablo del valor de la experiencia quisiera dejar constancia de una paradoja de nuestro tiempo. El drama personal y profesional que viven muchos profesionales marginados del mercado laboral por haber pasado una cierta franja de edad. Desechar esta experiencia acumulada (conocimiento implícito al fin y al cabo) no deja de ser una perversión del sistema. Es cierto que vivimos nuevos tiempos, que las reglas del juego han cambiado y que el futuro es incierto pero ¿por qué renunciar a este valiosísimo conocimiento? Es una torpeza empresarial utilizar como criterio de exclusión (no contratación o despido) el rango de edad al que uno pertenece. Quizá debamos reflexionar acerca del procedimiento que aplicamos en la gestión de personas y en la promoción del talento. No parece muy coherente cosificar a las personas y ponerles una fecha de caducidad ¿no te parece?

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By | 2017-06-19T10:12:51+00:00 abril 19th, 2017|Categories: Empresa|Tags: , , , |

About the Author:

Psicólogo / Humanista digital. Ayudo a empresas y organizaciones en sus procesos de cambio y transformación.

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