«El todo es mayor que la suma de sus partes». Aristóteles
La (i)lógica empresarial de muchas organizaciones hace que su personal de selección acuda al mercado laboral a reclutar candidatos en base únicamente al currículum, sobre todo en un primer cribado. Este exceso de simplificación es lo mismo que querer comprar títulos al peso: licenciado + MBA (Máster en Administración de Empresas) + idiomas y ya tenemos al candidato perfecto. Pero la práctica diaria y multitud de investigaciones ponen en evidencia que es necesario mucho más que un puñado de títulos para que un equipo funcione.
Los equipos de alto rendimiento se nutren de su diversidad, de la inteligencia colaborativa, de buenas habilidades de comunicación, de la creatividad que fluye en el propio seno del equipo, etc. Todo ello redunda en una mayor productividad y eficiencia que termina haciendo gala del principio de Aristóteles que encabeza este post.
Desafortunadamente, cuando montamos un equipo en base únicamente a la agregación de los mejores perfiles académicos, la realidad puede ser bien distinta y el conjunto termina siendo menor que la suma de sus partes.
Cuando hablo de equipos bien balanceados no me refiero solo a que se posean conocimientos complementarios sino también a que sus características personales (personalidad, estilos comunicativos, expectativas e intereses, etc.) sean compatibles y complementarias. Mi experiencia analizando multitud de equipos en startups me ha demostrado que tanto lo uno como lo otro son factores clave para que un equipo funcione. Esto justifica que se utilicen pruebas de personalidad como el MBTI y/o similares como fuente complementaria de información.
¿Estas de acuerdo conmigo en que los títulos académicos son elementos tangibles? Supongo que sí, pero no debes olvidar que fijarnos únicamente en ellos puede provocarnos una visión miope de las capacidades reales de una persona. En mi experiencia como formador y como ex-profesor de universidad, puedo asegurarte que entre los alumnos de una clase o grupo, aunque terminen obteniendo la misma titulación, sus capacidades son realmente dispares.
Las denominadas habilidades blandas o soft skills, es decir, la actitud con la que se enfrentan a los problemas, la capacidad de comunicar y de generar buenas ideas, las habilidades para negociar y trabajar en equipo, etc. son elementos intangibles que hacen que cada persona tenga su particular seña de identidad. Todo ello, unido a la gestión del propio ego, no es tan sencillo de valorar a través del currículum.
Probablemente habrás conocido a lo largo de tu carrera profesional a personas con un largo recorrido en formación y que, por tanto, pueden presumir de numerosas titulaciones. Esto en si mismo no es malo, todo lo contrario.
Que una persona posea evidencias de haber dedicado buena parte de su tiempo a formarse es un buen indicador de que tiene interés por actualizarse y por mejorar sus conocimientos. Ahora bien, en esa maraña de títulos debemos atisbar cierta lógica y cierta estrategia de especialización. Volviendo al ejemplo anterior, si un candidato posee un MBA pero está postulando a un puesto de programador es probable que esta formación aporte poco valor añadido en su labor diaria.
Otra cuestión a tener en cuenta es la vigencia de esos títulos. Salvo que sean certificaciones oficiales, los títulos no suelen tener caducidad pero sí que puedes analizar si son formaciones recientes y/o lo más importante, si dichos conocimientos están vinculados con la experiencia profesional. El motivo es bien sencillo: lo que no se practica se olvida.
Dicho lo anterior también es justo reconocer que la diversidad de temas en los que una persona se forma, también puede representar un extra. Piensa que la creatividad se alimenta precisamente de la hibridación de conocimientos y una mente inquieta suele encontrarse cómoda entre cierta dispersión. Es por esta razón que muchos potenciales candidatos podrían quedar excluidos cuando se aplica tan solo un filtro curricular. Pero la cosa no queda ahí… sigamos.
Debemos tener presente que en nuestro mundo digitalizado buena parte del aprendizaje puede ocurrir sin necesidad de pasar por una institución académica. El contenido es más libre, accesible y extenso que nunca y ya no dependemos de pagar unas tasas académicas para acceder a un reservorio de conocimiento.
Las reglas del juego en lo que ha formación se refiere han cambiado como también lo han hecho las propias dinámicas de aprendizaje. Nuevos medios, nuevos dispositivos y nuevos embajadores del conocimiento entraron en escena hace ya varios años. La brecha del conocimiento ya no está en quien pueda pagar una matrícula sino en quienes tienen o no conectividad a Internet.
Acceder a la formación de entidades académicas pretigiosas (véase el ejemplo de numerosos MOOCs), interactuar a través de medios digitales con referentes en un sector concreto o simplemente investigar entre numerosas fuentes está al alcance de cualquiera sin tener que pasar por caja. ¿Puede alguien cuestionar esa preparación cuando además la persona es capaz de demostrarlo en su trabajo diario? No hay mejor evidencia que el propio desempeño de una persona.
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