Las calificaciones académicas o “grados” pretenden ser un indicador fiable de que los alumnos han asimilado cierto nivel de conocimientos, habilidades, etc. Lamentablemente es difícil que estas calificaciones puedan describir las capacidades de un individuo. Es más, la evaluación a la que estamos tan acostumbrados ni tan siquiera sirve para estar seguros de que se haya producido un aprendizaje significativo y duradero. De hecho, te sugiero que leas el curioso origen del sistema de calificaciones académicas.
Si evaluásemos nuevamente a alumnos que el año anterior aprobaron una determinada asignatura ¿cuántos crees que volverían a superar las pruebas de evaluación? 🙁 Lo cierto es que la mayor parte de las veces el resultado de la evaluación solo refleja un proceso de memorización y reproducción de un corpus “teórico” que es ajeno a la realidad e intereses de cada alumno particular.
Pero a pesar del plano superficial desde el que se pretende tomar el pulso al aprendizaje de los alumnos, la evaluación académica constituye el primer tamiz social que discrimina entre unos individuos y otros, y sus implicaciones se dejan notar desde una temprana edad. De hecho, vivimos en un sistema social en el que la evaluación académica se ha empleado, a menudo, como herramienta al servicio de la selección, clasificación y control de la ciudadanía. Recordemos que la educación en si misma no es neutral.
Los sociólogos han analizado los mecanismos de las barreras que obstruyen la movilidad social y su veredicto es claro: la escuela, en especial su sistema de exámenes y de calificaciones constituyen el principal instrumento de diferenciación y estratificación social. Cardinet
Por otro lado, conviene saber que en la evaluación se suele utilizar un sistema de referencia estadístico basado en la conocida curva de la normalidad (campana de Gauss). Tomando como punto de partida este marco de referencia resulta fácil y casi inevitable hacer juicios globales sobre la capacidad o la valía de cada persona. Esto también significa que todos aquellos que se salen de la norma tienden a quedar marginados en cierto sentido ya que, en la práctica, nuestro actual modelo educativo no reconoce ni atiende debidamente las diferencias individuales entre los alumnos.
Para terminar quiero compartir contigo una última reflexión acerca del sentido práctico de los títulos académicos. En relación con lo que hemos visto hasta ahora, de manera generalizada se asume que la posesión de un título es la garantía formal de que se poseen y dominan determinados conocimientos pero la realidad nos demuestra que tal garantía es una falacia. La obsolescencia de los contenidos, la desconexión con la realidad laboral del individuo, etc. hace que muchos de los títulos y diplomas que vamos acumulando a lo largo de nuestra vida sean poco representativos de nuestras capacidades actuales. Por otro lado, personas que son competentes para las tareas que desempeñan pero que no poseen el título acreditativo caen bajo la sombra de la sospecha. Por todo lo comentado anteriormente ¿cómo crees que se podría mejorar la evaluación de los alumnos? ¿cómo se deberían acreditar las experiencias de aprendizaje que suceden fuera del entorno académico?
La inteligencia artificial (IA) es una realidad con la que convivimos a diario y que…
El uso masivo de la tecnología y de las redes de comunicación representa un factor…
La gestión del talento es uno de los principales desafíos de las empresas porque en…
El 100% de los clientes son personas. El 100% de los empleados son personas. Si no entiendes a la gente, no…
La cultura organizacional es un aspecto que ha cobrado importancia en los últimos años ya…
Conocer tus fortalezas de carácter y virtudes personales así como saber gestionarlas tiene un impacto…
Ver comentarios
De acuerdo contigo, Javier: cada vez tendrán menos sentido los títulos académicos. A la vez que crece la capacidad de crear conocimiento y las posibilidades de aprendizaje aumentan en número y variedad, los "organismos oficiales" no van a ser capaces de cambiar sus "anquilosados" programas a la velocidad que la sociedad lo requiere. Mientras tanto, nuestros hijos (en su gran mayoría) siguen siendo evaluados acerca de unas competencias que ya no son imprescindibles ni en muchos casos acordes a las nuevas necesidades sociales y tecnológicas.
Efectivamente Beatriz, muchos profesionales se han refugiado en la "titulitis" como garantía de su empleabilidad pero esta estrategia resulta estéril si va acompañada de auténticas evidencias de aprendizaje. En mi opinión, la educación reglada se queda en un plano muy superficial y, como bien has comentado, aún persiste un desajuste importante en cuanto a contenidos y metodología.