Metodología interactiva para generar contenidos interactivos

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Tanto se utiliza el término interactividad asociado a los contenidos en e-learning que prácticamente hemos asumido sus virtudes incluso cuando no las hemos visto o experimentado nunca. Parece como si el simple hecho de digitalizar los contenidos fuese el bautismo necesario para adquirir el apellido “interactivo”. Pero en mi modesta opinión, no basta solo con el hecho de que los contenidos hayan sido engendrados en el entorno digital, ni siquiera con que parezcan serlo. Explico esto último. Cuando aludo a que unos contenidos pueden parecer interactivos sin serlo realmente me refiero a que obligar al alumno a realizar una serie de clics en pantalla, sin otra finalidad que avanzar de pantalla, o bien acceder a información oculta, no representa una auténtica interactividad, o al menos, es tan elemental que no aporta gran cosa al alumno. De hecho, esta sucesión de clics sin un sentido pedagógico tiene más efectos perniciosos que beneficios aporta al alumno ya que entorpece su proceso de formación.

La comunicación es esencial para lograr experiencias educativas centradas en el usuario

Si analizamos cualquiera de las definiciones existentes sobre interactividad descubriremos que todas hacen referencia a un elemento común, la comunicación. Y es que, en esencia, se trata de un proceso de comunicación que debemos entender e interpretar como parte de la fórmula Acción-Reacción. Entendido así, la acción del alumno provocaría una reacción en los contenidos, pero de manera inteligente, es decir, las reacciones del contenido, visibles en pantalla, se adaptarían a las características del usuario y de su intervención. En definitiva, esta “comunicación” es la que daría lugar a experiencias educativas centradas en el usuario, y por tanto, interactivas.

¿Inteligencia artificial?

Retomo lo dicho antes, la reacción del contenido debe ser inteligente.  En este sentido me viene a la mente una fantasía que ronda nuestras cabezas desde que se creó el primer ordenador, la posibilidad de desarrollar máquinas capaces de tomar decisiones inteligentes más allá de repetir unos patrones preestablecidos. Ya en 1966, Joseph Weizenbaum diseñó el programa informático Eliza que pretendía mantener una conversación inteligente con el usuario, empleando para ello una serie de palabras clave. El problema de estos bot conversacionales, lo era entonces y lo sigue siendo ahora, es que realmente no saben lo que están diciendo. En cualquier caso, sirva de consuelo que la mejora en el desarrollo y diseño de estos programas, incorporando nuevos algoritmos de inteligencia artificial e interactuando con los ya existentes repositorios de contenido que utilizamos en e-learning, nos debe permitir vislumbrar que podrían tener una interesante aplicación en pos de alcanzar la tan ansiada interactividad de los contenidos.

 La clave, metodología interactiva

Hablando de formación no podemos dejar de considerarla como un proceso vivo, que fluye, que cobra su razón de ser desde la propia idiosincrasia del individuo y de sus necesidades de aprendizaje. En este sentido, el e-learning representa una oportunidad innegable para interconectar personas y contenidos, por lo que la interactividad trasciende los límites del contenido mismo. Por esta razón debemos hablar, en el mismo rango de importancia, de interactividad entre el alumno y el formador, y entre los propios alumnos. De hecho, el uso eficiente de la tecnología por parte de todos los que se ven inmersos en este proceso de formación es lo que realmente la convierte en una vía de aprendizaje capaz de incrementar la limitada interactividad del contenido “enlatado”. Así por ejemplo, cuando alumnos y formadores van superponiendo capas de información sobre dichos contenidos, gracias a la integración de las redes sociales, nuevos contenidos embebidos, etc. el resultado final termina por ser mucho más rico y significativo. Por ejemplificar lo que acabo de comentar diría que se trata de algo similar a lo que encontramos en la realidad aumentada, cuando el usuario accede a información sobre aquellos elementos con los que interactúa, solo que en esta ocasión es el propio alumno quien construye su propia “realidad”, aumentando el significado de los contenidos mediante sus aportaciones y las de otros.

Formador 2.0, el hábito no hace al monje

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Duración video: 6 minutos

habito_osimoExiste un debate permanente por dilucidar hacia donde va el sector del e-learning en el que de manera insistente, salvo honrosas excepciones, escucho un discurso muy centrado en los avances tecnológicos. Obviamente el elemento técnico marca la diferencia respecto a otras metodologías pero bajo mi cuestionable opinión creo que no es exclusivo del e-learning, ya que el aprendizaje en la Red está cada vez más presente en las propias aulas, por lo que la distancia que antaño separaba ambas metodologías (e-learning y presencial) se va diluyendo con el paso de los años. Muchos profesores e instituciones educativas centradas en el modelo tradicional se están percatando de los beneficios que conlleva incorporar en sus actividades de clase el acceso a contenidos online, el uso de herramientas de trabajo colaborativo, y los más atrevidos incluso intentan reorientar el uso de las redes sociales hacia fines educativos. Mentes preclaras todos ellos ya que son conscientes del factor motivador que supone para los alumnos incorporar en sus rutinas de clase, dispositivos y aplicaciones que constituyen su fuente primaria de satisfacción (social, lúdica, intelectual, etc.).

Al margen de los medios que ya posean los centros educativos en estas aulas 2.0, otra realidad que afectará a la dinámica docente será la conectividad móvil. Según las previsiones del sector de la telefonía móvil, en los próximos 3 años, la mitad de estos dispositivos tendrán conectividad a Internet. No es difícil suponer que en un corto plazo de tiempo, muchos alumnos estarán disfrutando de estos teléfonos móviles y podrán contrastar en tiempo real la información que el profesor les proporcione, de modo que existirá una frenética actividad online que también habrá que saber dinamizar adecuadamente.

Con estos ingredientes que acabo de citar, estoy firmemente convencido de la importancia que tiene para los alumnos diseñar su propio entorno personal de aprendizaje (os enlazo otro post), en el vayan reflejando no solo sus fuentes de conocimiento sino también sus propias reflexiones. En un ecosistema informativo saturado de contenidos, en permanente crecimiento, diversificado y globalizado, necesitamos más que nunca adaptar nuestra forma de procesar y organizar toda esta información. Y no olvidemos que todo ello debe estar disponible y accesible desde cualquier sitio y en cualquier momento, por lo que al final todo deberá estar en la Nube. Es ahora cuando podría afirmar algo así como que “el block de notas ha muerto”, o cualquier afirmación por el estilo, verdad? (qué costumbre tenemos de matar cosas…).

Pero el título de este post venía por otra cuestión. Comenzaba hablando del debate acerca de cuales serán los designios del e-learning y reconocía la reiteración en hablar de tecnología. Pues bien, el debate sobre el formador no debe quedar ni mucho menos relegado. Es cierto que se menciona a menudo la figura del profesor 2.0 pero no se pone en valor su importancia como agente del cambio. Desafortunadamente aún seguimos encontrando cursos donde el formador permanece anclado en la práctica del yo respondo cuando el alumno pregunta y lo hago en un foro, en el chat o a través del correo de la plataforma. ¿Es ese el formador 2.0? Nada más lejos de la realidad. Utilizar un entorno tecnológico como una plataforma no nos convierte de ipsofacto en esa figura que tanto necesita el sector (como dice el refrán “el hábito no hace al monje”). Hace falta provocar el cambio no solo en las herramientas que empleamos para el aprendizaje, sino en la propia filosofía de trabajo, en la forma de concebir el qué y el para qué hacemos lo que hacemos. Este cambio debe centrarse en las personas de modo que ahora que hablamos tanto de innovación pensemos en el concepto de innovar en personas. El cómo provocar o incentivar ese cambio me temo que da para muchos otros post…

El formador 2.0 debe ser como un buen director de orquesta que es capaz de sacar lo mejor de cada músico, al mismo tiempo que  traslada a cada uno de ellos el mensaje inequívoco de  que hay otros instrumentos, otras partituras y otros músicos que pueden aportar mayor valor a la individualidad desde el trabajo colaborativo. El resultado final de poner en juego todas esas potencialidades hará que la melodía suene mucho mejor.

Este último párrafo viene a colación de un video que me parece apasionante para mostrar lo que la tecnología permite a partir del potencial individual puesto en común y propiciado por alguien que ejerce una labor catalizadora. Se trata del compositor y director de orquesta Eric Whitacre , quien ha llevado a cabo un proyecto de coro virtual con un resultado como el que podréis comprobar en este video. Citando algunas palabras del propio Eric:

“Cantar juntos, y hacer música juntos es una experiencia humana fundamental.”

Blended learning, ¿paso intermedio?

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En los últimos tiempos ha sonado con bastante insistencia el término blended-learning, algo que no debe extrañarnos después del crecimiento que experimenta el sector del e-learning en todos los escenarios en los que se ha venido implantando. No obstante, este último, como nave nodriza de las promesas y augurios de la formación en pleno siglo XXI, ha resultado ser una alternativa de enorme potencial pero no carente de ciertas limitaciones.

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El extenso panorama de la formación e-learning ha arrojado resultados encontrados en algunos casos. Es fácil comprobar como han sido muchas las empresas e instituciones que han apostado en estos últimos años por el e-learning considerando que era capaz de ofrecer, por si misma, una formación de calidad, unicamente por el mero hecho de añadir el elemento tecnológico al proceso formativo. De hecho, es tan amplia la oferta de cursos existentes en la actualidad que la característica del sector pasa por la enorme divergencia en cuanto a herramientas ofrecidas, servicios de tutorización empleados, estrategias utilizadas para el diseño de los contenidos, etc. Por todo ello, a menudo la impresión generada por el sector ha sido y sigue siendo de cierta falta de rigor, lo que ha contribuido a que potenciales usuarios de este modelo se replanteasen su decisión. Además, a todo ello se une una circunstancia, no menos importante, que se concreta en que aún en nuestros días, una parte importante de la sociedad sigue anquilosada en la época de la pizarra, lo que constituye toda una barrera psicológica que no podemos ignorar.

En este contexto, no resulta difícil defender el modelo blended learning, como un paso intermedio entre lo presencial y lo virtual. Ciertamente, la transición de un modelo a otro exige un esfuerzo por parte de la población para integrar en sus esquemas mentales nuevas formas de relación a través de las posibilidades que ofrece la Red. En este sentido, los resultados que se han obtenido en algunas experiencias con esta formación mixta han sido bastante satisfactorios. Esto viene explicado por mantener un entorno conocido como es el aula y aportar, además, un valor añadido a través del empleo de las nuevas tecnologías o viceversa. No obstante, algunos planteamientos equivocados en la implantación del modelo blended puede dar al traste con cualquier expectativa de éxito.

La realidad que observamos en algunos cursos, mal denominados “blended”, se caracterizan por intercalar en cursos de e-learning una serie de sesiones presenciales que no persiguen objetivos claros y de alcance suficiente como para ser considerado una parte valiosa en la formación. Así pues, aquello que la lógica y la razón aconsejan, es decir, que la distribución de horas entre la parte presencial y la parte a distancia venga determinada por la naturaleza de los contenidos y por el perfil de los alumnos, en la práctica real frecuentemente no se lleva a cabo. Muy al contrario, resulta habitual encontrar soluciones blended-learning con un carácter estándar en cuanto a la programación didáctica y temporal (se caracterizan por combinar una sesión inicial, otra intermedia, y una final), lo que nos hace pensar en el escaso valor que se sigue prestando hoy en día a la planificación de la formación.

Por todo ello, una de las cuestiones a resolver en el modelo blended-learning consiste en identificar con claridad qué se pretende conseguir con las sesiones presenciales. En este sentido, podemos hacer referencia a algunos objetivos que cobran diferente importancia según el momento en el que tenga lugar la sesión presencial o las circunstancias especiales que presente dicho curso. Algunos objetivos que de manera general suelen plantearse son los siguientes:

  • Presentar objetivos de la acción formativa, explicar la metodología, sistema de evaluación y entorno virtual que se va a emplear.
  • Resolver dudas (técnicas, acerca de la plataforma, referidas al contenido, etc.).
  • Aportar contenidos adicionales a los mostrados en la plataforma.

Además de los anteriores, existen otros que también destacan por su importancia. Por ejemplo, una de las limitaciones que siempre se alude en e-learning es la frialdad del medio empleado, Internet, y la separación o falta de contacto entre tutores y alumnos. Pues bien, el modelo blended ofrece la posibilidad, a través de las sesiones presenciales, de crear lazos y vínculos entre todos los agentes implicados en la formación, sentando las bases para que puedan producirse auténticas redes de colaboración entre los participantes. En relación con esto, la labor de dinamización de estas sesiones posee una gran importancia y repercusión para el desarrollo posterior del curso, lo que representa un reto para el formador.

Por su parte, otra de las limitaciones que a menudo se comentan en clara referencia al e-learning es la dificultad para constatar la identidad del alumno. Así pues, si el proceso de evaluación puede llegar a ser completo y fiable en lo que respecta al diseño de las pruebas empleadas, no puede afirmarse lo mismo cuando se trata de asegurar que el alumno es quien dice ser. En este sentido, nuevamente el modelo blended learning ofrece la posibilidad de contrastar los resultados obtenidos en la parte a distancia con los datos que pueden extraerse del alumno durante las sesiones presenciales.

En cualquier caso, si se plantea emplear una metodología presencial, virtual o semipresencial, solo verá asegurada la calidad de su formación si hace un planteamiento pedagógico adecuado, utiliza los medios apropiados y el tutor posee habilidad para motivar al participante y acompañarlo en su proceso de aprendizaje.