Identidad digital en las redes sociales
2 mayo 2011 4 comentarios
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Las redes sociales se están fusionando a nuestra propia existencia como parte del guión multimedia de nuestras vidas. Es cada vez más difícil permanecer al margen de estos nuevos espacios de realidad narrada, construida y compartida. Y todo esto a pesar de que un sector de la población opina desde su particular visión cosmogónica que su influencia, lejos de mejorar nuestro proceso evolutivo, supone una amenaza al statu quo anterior, al orden establecido, a ciertos hábitos y costumbres.
No es menos cierto que toda línea de opinión encuentra su antítesis y en este caso me atrevería a decir que los visionarios de las redes sociales son legión. Creo que nadie pone en duda que estos nuevos espacios de relación y de comunicación han modificado el tablero de ajedrez en el que nos movemos, incorporando nuevas reglas, redefiniendo el rol de las antiguas piezas e incorporando otras nuevas que hasta ahora no tenían presencia. En cualquier caso, no podemos caer en la fantasía infantiloide de creer que todo es maravilloso, que las redes sociales arreglarán los problemas del mundo, que los usuarios de las redes somos más modernos y mejores, que las empresas crecerán como la espuma si están en estos medios o bien que desaparecerán si no lo hacen… Atravesamos una etapa en la que todo suena a redes sociales, a innovación, a desarrollo tecnológico y caemos inexorablemente en el riesgo de despreciar todo aquello que no esté impregnado de tales adjetivos.
“Si tu única herramienta es un martillo, tiendes a tratar cada problema como si fuera un clavo”
Efectivamente, las redes sociales se han convertido en una extensión de nuestra personalidad, y en parte también de nuestra mente, pero no caigamos en el error de pensar que son un fiel reflejo de lo que somos. Creo que es reconocido por todos que nuestra presencia en el entorno digital muestra solo una parte de nosotros, aquella que consideramos más atractiva socialmente, la que pensamos que puede crear una mejor imagen ante los demás. Es difícil encontrar personas que compartan sus debilidades, ni tan siquiera sus emociones negativas. Las redes sociales se han convertido en el escaparate en el que nos presentamos públicamente como divertidos, felices, interesantes, sexualmente atractivos, etc. En esencia, son espacios que representan nuestro ideal de felicidad. De hecho, este carácter de eterna alegría, de espejo que distorsiona nuestra imagen en beneficio propio, refuerza aún más la red.
Es cierto que analizando desde una perspectiva global cómo gestionamos la información, nuestros contactos, nuestro propio discurso en la Red, podemos llegar a conocer nuestra particular visión del mundo, pero no debemos confundir esta proyección de nuestro “yo” con la realidad íntima y personal que trasciende más allá de las redes sociales. Por ejemplo, en mi perfil puedo ser un infatigable defensor de cualquier causa que capte mi interés con un simple “Me gusta”, pero ¿realmente hago algo tangible, cuantificable, medible en mi vida diaria de acuerdo con lo que digo defender en las redes? Me temo que esa parte de la realidad solo es accesible a unos pocos de mis contactos, a aquellos que tienen la oportunidad de contrastar mi identidad digital frente a mis acciones, mi trayectoria o mis actitudes en la vida fuera del entorno digital.
Apoyándome en lo que he dicho hasta el momento parece posible, y de hecho sucede, que podamos llegar a ser esclavos de una deseabilidad social alimentada por el feedback que recibimos a través de las redes sociales. En este sentido, el carácter netamente autorreferencial que tienen las redes sociales nos lleva a construir esta identidad digital que la sociedad y nosotros mismos aspiramos a tener. En algunos casos esta identidad digital es una copia exacta de lo que somos, en otros, tan solo una proyección de lo que deseamos ser.







