e-learning y redes sociales: 3 reflexiones

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Somos cada vez más los profesionales del e-learning que apostamos por aplicar una pedagogía abierta y colaborativa en la que el alumno se convierta en eje central de todo lo que sucede en su proceso formativo, desde el diseño de su propio entorno de aprendizaje (los denominados Personal Learning Environment), la selección de los contenidos o la intensidad de sus interacciones con el resto de participantes (y parece que el espacio en el que se producen estas interacciones son las redes sociales). Éste es el horizonte que alcanzamos a ver pero, desde el punto en el que nos encontramos, nadie puede negar que aún quede un enorme camino por recorrer. La mayor parte de las plataformas continúan reproduciendo el modelo escolástico, los contenidos se distribuyen al más puro estilo broadcasting con una pretendida interactividad que no supone otra cosa más que incrementar absurdamente el número de clics, y la evaluación sigue anclada en un modelo normativo y generalista en el que todo está preconcebido y predefinido.

Cambian los medios, pero ¿cambian nuestro enfoque, nuestra concepción de la educación?

Visto lo anterior, parece que pocas cosas han evolucionado a pesar de que el avance de la tecnología nos ha hecho ver un espejismo en el desierto. Tan sedientos estamos de encontrar nuevas estrategias para lograr  que los alumnos aprendan que la imagen desdibujada del oasis tecnológico nos hace correr agónicamente en su dirección sin pensar que quizá el suelo que pisamos es el mismo al que nos dirigimos. Ahora más que nunca se hace necesaria la innovación disruptiva, es decir, aquella que cambia las reglas del juego en un contexto aún por descubrir, y lo que es más importante, aún por construir. Desafortunadamente, nuestra mentalidad cartesiana, más marcada si cabe cuando hablamos de la óptica empresarial, nos lleva a tomar decisiones en base a modelos que intentan prever el futuro utilizando datos del pasado.

“…..eso es como conducir un coche mirando por el retrovisor: si la carretera es recta y no giras el volante, no pasa nada y todo el mundo piensa que sabes lo que haces. Ahora bien, si giras cuando no hay curva o tiras recto cuando la hay, te vas directo a la cuneta y la gente se ríe de tu incompetencia….”

Xavier Sala

¿Han cambiado también los alumnos?

Sin duda alguna mi respuesta a esta pregunta es afirmativa y viene a colación un caso de estudio conocido como “El mono número 100”. En esta investigación que data de los años 50 se viene a concluir que una especie animal puede desarrollar nuevos patrones de comportamiento, de manera espontánea y a partir de cierto momento, cuando previamente se alcanza una masa crítica de individuos que realizan esa misma conducta de manera aprendida. Los resultados de la investigación son cuestionables y hay mucho de mito entorno a ella pero nos vale para ilustrar lo que estamos tratando. En nuestro caso, el uso generalizado de las redes sociales está impregnando a la sociedad de una nueva forma de comunicarnos, de relacionarnos y de enfrentarnos a problemas locales y/o globales que representan un cambio cultural sin retorno. Este fenómeno nos lleva al empoderamiento del individuo que pasa a estar en el centro de las cosas, participando de decisiones que hasta ahora le eran vetadas.

En la metodología e-learning, el uso de redes sociales no puede ser sino una prolongación más de lo que ya sucede en otros ámbitos de la vida. Su uso aún incipiente en los procesos de formación deberá necesariamente cobrar un marcado protagonismo porque no podemos limitar lo que ya constituye un derecho adquirido del individuo, la posibilidad de interactuar con otros, de compartir conocimientos y experiencias y de crear en comunión con otros. Es en virtud de esta interacción como se generan contenidos significativos para el alumno. En esencia, se trata de poner en valor la inteligencia colectiva que representa la web 2.0. y el excedente cognitivo que enunciaba Clay Shirky en su libro “Cognitive Surplus: Creativity and Generosity in a Connected Age“.

¿Qué sucede con el flujo incesante de información?

Ya sabemos que esta interacción generativa que permiten las redes sociales, entre otros, incrementa exponencialmente la cantidad de nodos de información (que no formación) a los que tenemos acceso. A priori,  podemos pensar que esta circunstancia representa un problema para el individuo por la cantidad de “ruido” al que se enfrenta, fenómeno consustancial al carácter social, abierto y plural de la Web 2.0 y que la convierte además en un espacio caótico y en permanente movimiento (os enlazo mi post sobre “Aprendizaje, Web 2.0 y teoría del caos”). En cualquier caso, una especie de darwinismo atencional innato al ser humano hace que filtremos ese flujo incesante de información, sin olvidar también que, en este contexto, la labor del formador tiene un papel relevante como director de orquesta, quien debe saber armonizar e integrar todos y cada uno de los instrumentos en beneficio de un resultado final que supera la suma de las partes. En este sentido, la empatía y la capacidad de gestión desde su visión de conjunto deben ser su batuta, aunque será el alumno, en última instancia, el responsable de tomar el impulso necesario para tocar el instrumento.

Web 3.0 y la sostenibilidad del ecosistema informativo

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Hace unas décadas aparecía publicado en la revista Science un dilema, descrito por Garret Hardin, que posteriormente sería conocido como la tragedia de los comunes. Este dilema describe una situación en la cual “varios individuos, motivados solo por el interés personal y actuando independiente pero de manera racional, terminan por destruir un recurso compartido limitado —el común— a pesar de que este resultado es contrapuesto al interés de los mismos, ya sea como individuos o en conjunto.

Cito textualmente el ejemplo de Hardin (extraído de Wikipedia) ya que ayudará a clarificar el problema planteado:

“imagínese un pastizal cuyo uso es compartido entre un número cualquiera de individuos. Cada uno de esos pastores tiene un número dado de animales en ese pastizal. Los pastores observan que a pesar de ese uso, queda suficiente pasto no consumido como para pensar que se podría alimentar aún a más animales. Consecuentemente, uno tras otro lo hacen. Pero en algún punto de ese proceso de expansión de la explotación del pastizal, la capacidad de éste para proveer suficiente alimento para los animales es sobrepasada, consecuentemente, todos los animales perecen debido al agotamiento o sobreexplotación del recurso.”

Ya comentaba en otro post anterior que estamos expuestos a una sobrecarga cognitiva continuada debido a la inflación informativa de la Red, por tanto, el recurso al que aludo  en este caso (la Web 2.0) lejos de agotarse, crece de manera incesante y exponencial. A diario aparecen cientos de aplicaciones, miles de post, millones de twitts… Se publica por doquier y sobre cualquier tema y, a veces, sin un sentido comunitario, sin un objetivo que vaya más allá que cubrir el propio deseo narcisista de quien desea verse representado en la Web (como algunos preconizan, “si no apareces en Google, no existes”). Parece que lo importante es hacerse presente sea como sea  y esto lleva a  publicar a pesar de caer en la reiteración de temas, en el plagio indiscriminado, en la falta de rigor y en otros males endémicos de la Red que causan la “infoxicación”. Esto inevitablemente tiene un efecto devaluador, pero nadie en su sano juicio se plantearía proponer restricciones en el uso que hacemos de la Web, ya que eso supondría atentar contra la libertad del individuo. Es precisamente el carácter abierto, cooperativo y comunitario el que permite que este “recurso” se regenere cada día, y crezca de manera imparable. Y no olvidemos otro rasgo distintivo, la “neutralidad en la Red”, que permite equiparar a particulares, empresas, partidos políticos, etc. sin hacer distinciones de ningún tipo. Dicho de otro modo, a priori, ninguno cobra más protagonismo que otro si no es por la decisión personal de quien decide consultar unos determinados contenidos en detrimento de otros.

En definitiva, la Red como facilitadora de un flujo constante de información, no es un recurso limitado (no en el sentido del pastizal), y, por tanto, no cabe plantear que debamos preservarlo limitando el número de personas que pueden acceder al mismo o imponiendo controles sobre su uso, todo lo contrario. No obstante, sí corremos el riesgo de perdernos en la inmensidad de referencias que nos devuelven los buscadores y que lo convierten en un sistema caótico e inmanejable (ya escribí otro post sobre “Aprendizaje, web 2.0 y teoría del caos”).

Por otro lado, me viene a la memoria una afirmación que he escuchado en más de una ocasión “Internet, más que autopista de la información, es un camino de cabras”.  No creo que esta afirmación aluda únicamente a la velocidad de las conexiones (aspecto, junto con las tarifas, en los que España no sale muy bien parada en comparación con otros países) sino también a las “piedras” y obstáculos que encontramos en el camino, y que afectan a la Red, globalmente. Ante este panorama, caben varias opciones, la primera de ellas es trasmitir valores y actitudes a los usuarios para que favorezcan la sostenibilidad de este ecosistema informativo, y la segunda, desarrollar mecanismos que nos permitan nutrir nuestras búsquedas en la Web con nodos de información verdaderamente significativos para nosotros, la ansiada web 3.0.

Os dejo un video sobre los servicios de este nuevo horizonte web. Espero que sea de vuestro interés.

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