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Fuente: http://www.sxc.hu
La ventana de tiempo para la innovación se hace cada vez más pequeña y obliga a las empresas a ser más ágiles en la toma de decisiones. Paradójicamente, aun considerando que la innovación sea necesaria para afrontar los retos que plantea la actual situación económica, la reacción de numerosas empresas está siendo precisamente la contraria, es decir, recortar recursos y demorar la toma de decisiones empresariales ligadas a la innovación (¿te suena eso de “el exceso de análisis que lleva a la parálisis”?).
La incertidumbre financiera se abre paso en todos los sectores convirtiéndose en un killer de la inversión en innovación. Esta reacción que pone de relieve buena parte del tejido empresarial, pese a que en el plano humano es comprensible, en las empresas produce desaceleración y pérdida de oportunidades. Y a esta delicada situación debemos añadir otra circunstancia. Las empresas necesitan más que nunca de empleados alineados y comprometidos con los proyectos. Trabajadores que puedan producir resultados extraordinarios en un entorno cada vez más convulso y cambiante.
¿Cómo impulsar la innovación?
Por muy sofisticada que sea una empresa, siempre son personas las que toman las decisiones y en todas ellas el plano emocional está muy presente. Negarlo sería una necedad. Ahora bien, ¿cómo nos afecta ese plano emocional? Pues de muchas y variadas formas, tantas como emociones conforman nuestro universo interior. Pero si tuviese que destacar una emoción particularmente destacable en nuestros días es el miedo. Miedo porque lo que ayer funcionaba, hoy no. Miedo porque no sabemos cómo afectarán las medidas del gobierno a un sector particular. Miedo porque no sabemos como nuestros productos serán acogidos una vez que los pongamos en la calle. En definitiva, miedo a lo desconocido, a la ‘terra incognita’. Pero el problema no es la incertidumbre en sí misma sino cómo ésta es percibida, ya que bien puede representar tanto una oportunidad como una amenaza.
Para el empresario, este esfuerzo por superar inseguridades y el miedo a lo desconocido, puede ser canalizado a través de políticas internas de trabajo que estén apoyadas en la transparencia y en la colaboración de los empleados (‘los miedos compartidos pesan menos’). En mi modesta opinión, esta búsqueda de apoyos en el seno de una organización debe ser un puntal esencial en toda estrategia empresarial contemporánea. A priori, las empresas cuentan con una situación de partida ventajosa. Seamos conscientes de ello o no, cuando trabajas en una empresa estás haciendo una elección y estás invirtiendo tu tiempo y tus capacidades en una compañía y no en otra. Ahora bien, ¿podemos invertir algo más? Mi respuesta es afirmativa a pesar de todas las matizaciones que podamos plantear. Pero permíteme que ahonde un poco más. Piensa que en tu empresa te permitiesen invertir dinero en alguno de sus proyectos. Esta figura es la del inversor interno. ¿Acaso no sería una decisión más racional que meter nuestro dinero en la bolsa? Conoces desde dentro cómo funciona tu empresa, en qué sector opera, con qué socios estratégicos, etc. incluso puede que tú mismo estés involucrado en el desarrollo de alguno de estos proyectos (si no ves posibilidades de éxito en ninguno de los proyectos de tu empresa, a buen seguro algo está fallando, piénsalo por un momento). Ahora bien, el empresario no estaría recibiendo únicamente capital monetario, sino algo aún más importante, capital de confianza.
El rol del inversor interno
Como trabajadores conocemos muchos de los proyectos que están parados encima de una mesa hasta que soplen mejores vientos. Puede que esos vientos nunca lleguen o incluso que cuando lo hagan su fuerza sea de tal magnitud que desarbolen tu nave. En cualquier caso, de lo que estoy seguro es que no se puede avanzar con el freno de mano echado. A veces, la ilusión y el entusiasmo de los trabajadores por sacar determinados proyectos se encuentra con la negativa del empresario, quien finalmente puede optar por aparcarlos, posponerlos, descartarlos o cualquier otro verbo que flote en el abismo del “no”.
Retomando la idea anterior del inversor interno, el capital invertido puede ser un motor de la innovación. El miedo paralizante se supera con confianza y confianza es lo que representa cada euro que un trabajador decide invertir en un proyecto concreto de su empresa. Ante semejante tesoro, ¿piensas que el empresario puede quedar indiferente? No lo creo, salvo que otros factores nublen el sano juicio. Con este caudal extra de confianza pueden alcanzarse metas extraordinarias ¿no te parece?.
Cómo implementar este modelo de inversión interna
A priori, se me antoja que no es complicado. Si en tu empresa existe contabilidad analítica, cada proyecto tiene su propio centro de costes, por lo que resulta fácil identificar cada euro que se invierte, y los gastos que genera tanto su desarrollo como su puesta en marcha. Esto permitiría obtener de manera clara y transparente el porcentaje de participación de cada inversor interno sobre el proyecto y, a partir de aquí, sus beneficios caso de que los hubiera. La empresa puede emitir factura al inversor en concepto de su aportación. Y en cuanto al periodo de liquidación también se podría negociar entre empresa e inversor, siendo la propia nómina del trabajador un medio de pago válido (por ejemplo, en concepto de gratificación a final de año).
En pleno siglo XXI, la empresa, los mercados, el sistema financiero, y sobre todo, las personas, hemos cambiado. Insisto en que lo que en otro momento funcionaba, hoy no, de modo que estamos ante la necesidad de reinventarnos. Este post es sólo una reflexión en voz alta y me gustaría conocer tu opinión a través de los comentarios. Ahora sí, es el momento de las matizaciones…