Sobrecarga cognitiva: tres reflexiones

Tiempo estimado de lectura: 2 minutos

Hace unos días leía un artículo en el que se estimaba que la cantidad de información a nivel mundial se dobla cada 18 meses y los archivos corporativos cada 3-5 años. Las cifras son apabullantes y nos dejan entrever algunas cuestiones:

  1. Las nuevas tecnologías han precipitado que la información crezca de manera exponencial. Las consecuencias de este crecimiento exponencial han fascinado a los pueblos durante siglos. De hecho, hay una antigua leyenda persa sobre un cortesano que ofrendó a su rey un tablero de ajedrez y solicitó a su señor que le diera a cambio un grano de arroz por el primer cuadrado, dos granos por el segundo, cuatro por el tercero, y así sucesivamente. El rey aceptó en seguida y ordenó que el arroz fuese traído desde sus silos. El cuarto tablero suponía ocho granos, el décimo requería 512 granos, el decimoquinto 16.384 granos y el vigésimo primero rendía más de un millón de granos de arroz. Al llegar al cuadragésimo, la magnitud de granos de arroz era ya de un billón. El pago solicitado por el cortesano jamás podría haberse cumplido porque suponía más arroz que el que podía haber en el mundo. Pues bien, volviendo a lo que nos ocupa, diariamente se genera en la web más información que aquella que una persona podría asimilar durante toda una vida.
  2. Una parte importante de la sociedad va tomando conciencia de lo que algunos llaman “espíritu colaborativo”, sustento vital para la web 2.0 y que ha trasformado a la web en una masa informe y viscosa que a medida que va devorando personas, va aumentando su tamaño (bien valdría el paralelismo con la película “The Blob”, 1958).
  3. Tal cantidad de información nos obliga, en primer lugar, a saber gestionar adecuadamente tales contenidos (buscadores, folksonomías, etc.) y, en segundo lugar, exige un esfuerzo individual por analizar con carácter crítico aquello que leemos. Paradójicamente, “tenemos la tendencia a ser crédulos, a creer que los demás nos dicen la verdad, ya que la educación, la religión y los valores sociales nos incitan a decir siempre la verdad” (os dejo el enlace a un interesante libro sobre “La psicología de la mentira).

Parece que los esfuerzos por gestionar el volumen de información que existe en la web, se traducirán en la llamada web semántica, pero a pesar de ello seguiremos necesitando de nuestro factor humano en el momento de manejar estos contenidos, a la hora de creer o no creer lo que en ellos se plasma, a la hora de asimilar o desechar aquello que pase por nuestras pantallas, a la hora de decidir si debemos compartir, recomendar o publicar en nuestros perfiles en la Red (Twitter, Facebook, blogs, etc.). En este sentido me planteo si realmente nuestro sistema educativo es capaz de desarrollar estas habilidades y actitudes tan necesarias para afrontar la sobrecarga cognitiva en la que estamos inmersos.

Citando a Borges “el libro es la extensión de la memoria y de la imaginación, igual que los demás instrumentos creados por el hombre lo son del cuerpo (el microscopio de la vista, el arado del brazo)”. Siguiendo con esta afirmación, la Web debería ser una prolongación de nuestras capacidades cognitivas y conformar un macrosistema al servicio de nuestro intelecto, pero insisto nuevamente ¿observamos en los diferentes contextos educativos una inclinación a desarrollar la capacidad analítica, o por el contrario, solo conductas propias de fagocitar todo aquello que tenga su manifestación en los medios? Retomando la antigua leyenda persa cabe preguntarse si somos capaces de identificar la cantidad de arroz que necesitamos ingerir diariamente, si algunos ya padecemos indigestión crónica o bien si una parte de la sociedad está condenada a morir de inanición cultural.

Acerca de Javier Díaz
Psicólogo, beta-experto en aprendizaje mediado por las NNTT. Trabajando por impulsar la innovación a través de la gestión del conocimiento. Los verbos que definen mi día a día son aprender, analizar, pensar, conectar, crear, ilusionar y, sobre todo, compartir.

2 Responses to Sobrecarga cognitiva: tres reflexiones

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